Crisis de pareja: ¿y si no necesitas cambiar a tu pareja para cambiar vuestra relación?
Septiembre tiene fama de ser el mes de las separaciones y los divorcios. Pero quizá el problema no sean las vacaciones. Quizá las vacaciones simplemente nos quitan el ruido de fondo y nos permiten escuchar lo que ya estaba ahí.
Hay una escena que se repite cada verano.
Una pareja lleva quince, veinte o incluso treinta años junta. Durante el año funciona razonablemente bien. O, al menos, funciona.
Trabajo. Casa. Hijos. Compra. Extraescolares. Reuniones. Recados. Cenas rápidas. Una serie antes de dormir. El móvil. El cansancio.
Y llegan las vacaciones.
De repente hay que convivir muchas horas.
Hay que decidir dónde comer.
Qué hacer.
A qué hora levantarse.
Cuánto tiempo pasar con la familia política.
Quién se ocupa de los niños.
Quién necesita descansar.
Quién quiere playa y quién quiere montaña.
Y entonces aparece aquella discusión que, aparentemente, empezó porque alguien dejó una toalla tirada.
Pero no iba de la toalla, de los platos, ni de que uno quisiera ir a una excursión y el otro prefiriera quedarse en el hotel.
Iba de algo mucho más antiguo.
“Otra vez tengo que hacerlo todo yo.”
“Nunca tienes en cuenta lo que necesito.”
“Llevamos veinte años así.”
Y quizá, después de varias discusiones, alguien piensa:
“Esto ya no tiene solución.”
Y ahí empieza una pregunta mucho más profunda que “¿cómo podemos discutir menos?”.
¿Es posible cambiar una relación cuando llevamos tantos años relacionándonos de la misma manera?
Mi respuesta es: a veces sí.
Pero probablemente no de la manera que estás pensando.
Septiembre y el famoso “efecto divorcio”
Cada año, cuando termina el verano, vuelven los colegios, los horarios, el trabajo… y también aparece una noticia recurrente: septiembre es uno de los meses en los que más se disparan las solicitudes de separación y divorcio.
Algunos medios han situado alrededor del 30 % la proporción de solicitudes de divorcio que se concentran en septiembre. Es un dato que se viene difundiendo desde hace años y que también ha vuelto a aparecer recientemente en medios de comunicación.
Ahora bien, conviene hacer una precisión importante: el Instituto Nacional de Estadística no ofrece en su estadística anual el porcentaje de divorcios distribuido por meses, por lo que ese 30 % no debería presentarse como una cifra oficial del INE.
Lo que sí sabemos por los datos oficiales es que en España hubo 82.991 divorcios en 2024 y un total de 86.595 procesos de separación y divorcio, un 8,2 % más que el año anterior.
Y hay otro dato que me parece especialmente interesante para el tema que nos ocupa:
el 31,8 % de los divorcios de 2024 correspondió a matrimonios que llevaban 20 años o más casados.
La duración media del matrimonio en los divorcios fue de 16,4 años.
Es decir: cuando hablamos de crisis de pareja no estamos hablando únicamente de parejas que llevan dos años juntas y han descubierto que son incompatibles.
También estamos hablando de personas que han compartido media vida.
Que han criado hijos.
Que han atravesado enfermedades, mudanzas, pérdidas, cambios laborales, hipotecas, crisis familiares, vacaciones, Navidades y probablemente unas cuantas discusiones sobre quién tenía que sacar la basura.
Y aquí aparece algo que me interesa mucho más que la estadística.
Porque las vacaciones no necesariamente crean los problemas.
Muchas veces los hacen visibles.
Las vacaciones son un espejo. Y los espejos no siempre son cómodos.
Esto es algo que comenté también en la entrevista que me hizo María Jesús Romero de Ávila en Informa Radio.
Durante el año podemos mantener determinadas dinámicas gracias a la propia estructura de nuestra vida.
Tenemos poco tiempo.
Estamos ocupados.
Vamos con prisa.
Nos cruzamos por casa.
Cada uno tiene sus actividades.
Y, en cierto modo, la rutina puede convertirse en una especie de cortina que tapa algunas grietas.
Hasta que llegan las vacaciones (o la jubilación, que también pasa mucho en esta etapa vital)
Y la cortina desaparece.
Pasamos muchas más horas juntos y tenemos menos escapatorias.
Por eso las vacaciones pueden funcionar como un gimnasio emocional.
Nos ponen delante ejercicios de paciencia.
De negociación.
De flexibilidad.
De comunicación.
De límites.
De gestión de la frustración.
Y también de algo que considero fundamental: de regulación emocional.
Porque cuando estamos cansados, estresados o saturados, nuestra llamada “ventana de tolerancia” se estrecha.
La ventana de tolerancia es, explicado de forma sencilla, ese margen en el que podemos sentir emociones intensas sin perder completamente nuestra capacidad de pensar, escuchar y responder de una manera flexible.
Y cuando salimos de ella…
Bueno.
Digamos que un plato sin lavar en el fregadero puede convertirse en un asunto de Estado.
El problema no siempre es lo que hace tu pareja
Esta es una de las ideas que más me interesa trabajar cuando acompaño a alguien en una crisis de pareja.
Porque solemos pensar:
“Si mi pareja dejara de hacer X, yo estaría bien.”
Y a veces es verdad que existen conductas que necesitamos que cambien.
No voy a decirte que todo está en tu cabeza.
Ni que tienes que aceptar cualquier comportamiento en nombre del amor.
Ni que basta con poner una sonrisa y respirar profundamente mientras tu pareja lleva veinte años incumpliendo tus límites.
No.
Hay situaciones en las que existen problemas graves y necesitamos tomar decisiones, establecer límites claros o buscar ayuda profesional.
Pero en muchas crisis cotidianas hay otra capa.
Una capa que tiene que ver con cómo interpretamos lo que hace el otro y qué hacemos nosotros después con esa interpretación.
Porque una cosa es: “Ha llegado tarde.”
Y otra muy distinta: “Ha vuelto a demostrarme que no le importo.”
El hecho es uno.
El significado que le damos puede ser otro.
Y nuestra reacción emocional será diferente.
No necesitas tener razón. Necesitas saber qué quieres conseguir.
Esta es otra de las cosas que compartí en la entrevista y que me parece especialmente útil cuando estamos en plena discusión.
En una conversación difícil podemos entrar con un objetivo muy concreto:
“Quiero que entienda que tengo razón.”
Pero incluso aunque lo consigamos… ¿qué hemos ganado?
Podemos haber ganado el debate y perdido la conexión.
Por eso a veces conviene sustituir una pregunta por otra:
“¿Quiero tener razón… o quiero mejorar nuestra relación?”
No siempre podremos hacer las dos cosas. Y tampoco se trata de tragarnos todo.
Se trata de elegir nuestras batallas.
Porque no todos los desacuerdos necesitan convertirse en una batalla campal.
Algunas cosas necesitan conversación.
Otras necesitan un límite.
Otras necesitan espacio.
Y otras, sencillamente, necesitan que dejemos de echar gasolina al fuego.
Una de las recomendaciones que suelo hacer es sencilla:
No respondas en el pico del enfado.
Parece obvio. Pero cuando nuestro sistema nervioso está activado, lo último que necesitamos es intentar resolver una cuestión compleja como si estuviéramos haciendo una oposición.
Primero regulamos.
Después hablamos.
Y ahora viene la parte incómoda: quizá tu pareja no cambie
Si llevas muchos años en una relación probablemente hayas pensado alguna vez: “Es que él/ella es así.”
O: “Ya lo he hablado mil veces.”
O: “Después de veinte años no va a cambiar.”
Y quizá tengas razón.
No puedes cambiar a tu pareja.
Pero hay algo que sí puedes cambiar: tu manera de participar en la dinámica.
Esto no significa asumir toda la responsabilidad por lo que sucede.
Una relación es un sistema formado por dos personas, y cada una tiene responsabilidad sobre sus propios actos.
Pero los sistemas tienen una característica interesante: cuando una de las personas cambia su manera habitual de responder, la interacción puede cambiar.
Si siempre persigo y tú siempre huyes, mi manera de perseguirte influye en tu huida y tu huida influye en mi persecución.
Si yo dejo de perseguir, no puedo garantizar que tú cambies.
Pero la danza ya no es exactamente la misma.
Y eso abre una posibilidad.
No la garantía de salvar la relación.
Pero sí la posibilidad de descubrir qué ocurre cuando dejamos de repetir automáticamente el mismo baile.
Cinco mitos sobre las crisis de pareja que quizá conviene desmontar
1. “Si nos queremos, deberíamos saber solucionar nuestros problemas”
No necesariamente.
El amor no nos convierte automáticamente en expertos en comunicación, regulación emocional, negociación o reparación.
Puedes querer muchísimo a una persona y, al mismo tiempo, activar mutuamente heridas que aprendisteis hace muchos años.
A veces no falta amor.
Faltan herramientas.
2. “Para que la relación mejore, mi pareja tiene que cambiar”
Puede que algunas cosas tengan que cambiar.
Pero esperar a que el otro cambie para empezar a vivir de otra manera puede dejarnos atrapados durante años.
Pregúntate:
“¿Qué estoy haciendo yo que mantiene esta dinámica?”
No para culparte.
Para recuperar capacidad de acción.
3. “Tenemos que hablarlo todo”
No.
Hay conversaciones que necesitan tenerse.
Y hay conversaciones que necesitan esperar.
Si estás fuera de tu ventana de tolerancia, probablemente no sea el mejor momento para resolver los grandes asuntos de vuestra vida.
A veces el acto más amoroso que puedes hacer en una discusión es decir:
“Ahora mismo estoy demasiado activado/a. Quiero hablarlo, pero necesito calmarme primero.”
Eso no es evitar.
Es regular para poder afrontar.
4. “Una pareja feliz no debería discutir tanto”
Quizá deberíamos cambiar la pregunta.
En lugar de: “¿Cuánto discutís?” preguntar:
“¿Qué hacéis después de discutir?”
Porque el conflicto forma parte de las relaciones humanas.
Lo importante es si sabemos reparar.
Si podemos pedir perdón.
Si podemos reconocer nuestra parte.
Si somos capaces de escuchar algo que no nos gusta.
Si sabemos volver a acercarnos.
Si podemos aprender.
5. “Después de tantos años, ya no podemos cambiar”
Esta quizá sea la que más me interesa.
Porque una relación de veinte años no es necesariamente una relación rota.
Es una relación con veinte años de historia.
Con aprendizajes, con heridas, hábitos, roles, conversaciones pendientes, con cosas maravillosas.
Y con algunas costumbres que probablemente sería estupendo jubilar.
No se trata de volver a ser quienes erais al principio. Porque ya no sois esas personas.
Quizá se trata de aprender a relacionaros desde quienes sois ahora.
El elefante de veinte años
Hay una metáfora que utilizo mucho para hablar de nuestros patrones.
Imagina un elefante que ha estado atado durante años a una pequeña estaca.
Cuando era pequeñito intentó tirar de ella y no pudo.
Aprendió:
“No puedo escapar.”
Años después, el elefante ha crecido muchísimo.
Pero sigue atado a la misma estaca. Y ya ni siquiera lo intenta.
En las relaciones puede ocurrir algo parecido.
Después de años intentando hablar y no sentirse escuchado, alguien deja de pedir.
Tras años de discusiones, alguien deja de expresar.
Después de años sintiendo rechazo, alguien empieza a desconectarse.
Tras años complaciendo, alguien explota.
Después de años persiguiendo al otro para conseguir conexión, alguien termina agotado.
Y entonces aparece esa frase: “Es que nosotros somos así.”
Pero quizá no seáis “así”.
Quizá habéis aprendido a relacionaros así.
Y lo aprendido puede revisarse.
No se trata de salvar la pareja a cualquier precio
Aquí quiero hacer una pausa.
Porque hablar de “cambiar la dinámica” no significa decirte que debes quedarte en una relación que te hace daño.
Ni que tienes que soportar faltas de respeto.
Tampoco que toda crisis tiene solución.
Ni que, si tú trabajas suficientemente en ti, conseguirás que el otro se convierta en la pareja que necesitas.
No.
A veces el trabajo personal nos lleva precisamente a reconocer:
“Esto ya no quiero vivirlo.”
Y esa también puede ser una conclusión sana.
La pregunta no es: “¿Cómo consigo que mi relación sobreviva?”
Sino:
“¿Qué necesito comprender para tomar una decisión consciente sobre mi relación?”
A veces será reconstruir.
Otras veces será transformar profundamente la manera de estar juntos.
Y a veces será separarse.
Pero idealmente no desde el agotamiento, el impulso o la desesperanza. Sino desde una mayor claridad.
Una crisis puede ser el final… o el principio de otra relación dentro de la misma pareja
Cuando llevamos muchos años juntos, quizá uno de los errores sea intentar recuperar a la pareja que fuimos.
Pero piensa en todo lo que ha cambiado.
Quizá cuando os conocisteis teníais 25 años.
Ahora tenéis 45, 55 o 60.
Habéis cambiado de trabajo.
Habéis tenido hijos.
O no.
Quizás habéis perdido personas.
Habéis ganado otras.
Habéis atravesado enfermedades, mudanzas, éxitos, fracasos, crisis económicas, cambios personales.
Tú ya no eres quien eras.
Tu pareja tampoco.
Entonces…
¿Por qué iba vuestra relación a permanecer exactamente igual?
Quizá el objetivo no sea volver a la pareja del principio.
Quizá sea conoceros de nuevo.
El experimento de los 30 días: cambia una sola palanca
Y aquí quiero proponerte algo diferente a los típicos consejos de pareja.
No voy a pedirte que durante un mes:
- tengáis una cita semanal;
- habléis durante una hora cada noche;
- escribáis una carta de amor;
- hagáis una lista de diez cosas que os gustan del otro;
- ni que os prometáis no discutir nunca más.
Esas propuestas no están mal, pero te propongo algo mucho más pequeño.
Y, paradójicamente, quizá más difícil:
Durante 30 días, escoge una sola palanca.
No intentes cambiarlo todo.
Observa qué sucede si modificas una pieza de tu manera de relacionarte.
Palanca 1: Foco
Pregúntate:
“¿A qué estoy prestando atención constantemente?”
¿Estoy buscando todo lo que mi pareja hace mal?
¿Estoy esperando el siguiente error?
¿Estoy contabilizando quién hace más?
¿Estoy ignorando todo lo que sí funciona?
No se trata de negar los problemas. Se trata de comprobar si tu atención se ha convertido en un detector de amenazas.
Palanca 2: Significado
Cada vez que algo te active, escribe:
Hecho: ¿qué ha ocurrido objetivamente?
Historia: ¿qué estoy interpretando sobre ello?
Por ejemplo:
Hecho: “Ha cogido el móvil mientras hablaba.”
Historia: “No le importa nada de lo que digo.”
Quizá la historia sea cierta.
Quizá no.
Pero separar ambas cosas te permite introducir un pequeño espacio entre lo que sucede y lo que tu mente concluye.
Y en ese espacio aparece una posibilidad muy interesante: la elección.
Dejar de reaccionar de forma impulsiva y elegir ahora cómo quieres actuar.
Palanca 3: Fisiología
Antes de entrar en una conversación difícil, pregúntate:
“¿En qué estado está mi cuerpo?”
¿Estoy agotada?
¿Tengo hambre?
¿Estoy acelerada?
¿Llevo tres horas rumiando?
¿Estoy a punto de explotar?
Quizá el momento no sea adecuado. Primero regula.
Camina.
Respira hondo al menos 15 veces.
Date espacio.
Duerme.
Y después habla.
No todas las conversaciones necesitan ocurrir en el mismo minuto en que aparece el problema.
️ Palanca 4: Comunicación
Durante 30 días prueba a sustituir: “Tú siempre…”
por: “Cuando ocurre X, yo me siento Y y necesito Z.”
Y, especialmente, cambia la pregunta: “¿Cómo consigo que entienda mi punto de vista?”
por: “¿Qué puedo comprender yo del suyo?”
Comprender no significa estar de acuerdo. Puedes entender a alguien y seguir poniendo un límite.
Palanca 5: Límites y espacio
Y esta es especialmente importante para las personas que hemos aprendido a adaptarnos demasiado.
Amar no significa estar disponibles las 24 horas.
Pedir espacio no significa rechazar.
Tener intereses propios no significa querer menos.
Incluso pasar un tiempo separados durante unas vacaciones o hacer planes diferentes puede ser saludable si nace de la autonomía y no de la evitación.
La intimidad necesita conexión, pero también necesita oxígeno.
Y al terminar los 30 días, no te preguntes solamente “¿ha cambiado mi pareja?”
Hazte estas cinco preguntas:
1. ¿Ha cambiado algo en mí?
2. ¿Ha cambiado nuestra manera de interactuar?
3. ¿Hay algo que ahora puedo ver con más claridad?
4. ¿Qué conversaciones sigo necesitando tener?
5. Y, sobre todo: ¿quiero seguir construyendo desde aquí?
Porque quizá descubras algo inesperado.
Que tu pareja ha cambiado.
Que tú has cambiado.
Que ambos habéis cambiado.
O que, pese a tus esfuerzos, la relación sigue siendo un lugar en el que no quieres estar.
Cualquiera de esas respuestas puede darte información valiosa.
Quizá no necesitáis volver a ser los de antes
Hay una idea romántica que dice que debemos recuperar “la chispa”.
Yo prefiero otra.
No siempre necesitamos recuperar lo que tuvimos. A veces necesitamos construir algo que todavía no hemos tenido.
Una relación más adulta.
Con más libertad, con mejores límites, con menos expectativas imposibles.
Con espacio para ser dos personas diferentes.
Con capacidad para decir: “Esto me ha dolido” sin convertirlo automáticamente en: “Tú eres el problema.”
Con capacidad para decir: “Necesito estar solo/a un rato” sin que el otro tenga que traducirlo como: “Ya no me quiere.”
Con capacidad para equivocarnos y reparar.
Y con la suficiente madurez para reconocer que amar a alguien no significa saber relacionarse perfectamente con esa persona.
Porque quizá la pregunta no sea “¿podemos volver a ser felices?”
Quizá sea otra. Más incómoda.
Y también más esperanzadora:
“¿Qué ocurriría si dejáramos de intentar cambiar al otro y empezáramos a cambiar la manera en la que nos encontramos?”
No sé si eso salvará vuestra relación. Nadie puede garantizarlo.
Pero sí puede ayudarte a salir de un lugar muy doloroso: el de esperar pasivamente a que la otra persona cambie.
Porque tú no eres el elefante atado.
Puedes empezar a cortar algunas cuerdas.
Poquito a poco, con curiosidad, con límites. Con ayuda si la necesitas.
Y entonces comprobar qué sucede.
A veces la relación se transforma.
Otras veces se confirma que necesita terminar.
Y a veces ocurre algo todavía más interesante: descubrís que no necesitabais volver atrás. Necesitabais aprender a estar juntos de otra manera.
Y quizá ese sea uno de los regalos inesperados de una crisis de pareja:
no obligarte a decidir inmediatamente entre “aguantar” o “romper”, sino darte la oportunidad de mirar vuestra historia con ojos nuevos.
Porque después de tantos años…
quizá no se trate de salvar el pasado.
Sino de decidir qué queréis construir ahora.
Como siempre, espero que mis palabras te hayan servido mucho. Si necesitas ayuda personalizada para solucionar tu problema, aquí puedes ver lo que ofrezco y contar con tu sesión de claridad a precio reducido.
Te mando un abrazo y mucho ánimo,
Ainoa













